Crisis de la salud mental en Uruguay: callar, medicalizar y tomar mate en la rambla (2025)

Hace algunas semanas, un hombre de apenas 28 años, jockey de profesión y vecino de un pequeño departamento en el interior de Uruguay, secuestró y asesinó a sus hijos de 2 y 6 años hundiéndose con ellos en el fondo de un arroyo[1].

Llevaba un largo tiempo a las patadas con su ex pareja, la madre de los niños, de quien estaba separado, ante lo cual la policía y la justicia habían establecido la obligación de mantener distancia. El suceso, sacudió fuertemente a la comunidad donde vivían y a todo el país.

¿Cómo se conjura colectivamente un horror así?  Uno de los caminos más cortos, según Freud, consiste en clamar por el cumplimiento urgente de la ley. Alguien comete una atrocidad y de inmediato (incluso antes de que se comprenda claramente las causas de lo ocurrido) se reclama un castigo categórico, ejemplar.

Pero ¿que ocurre cuando ese castigo no es posible, por que quien debería recibirlo ya se lo ha infligido a sí mismo? Es necesario un chivo expiatorio para evitar que el sentimiento de culpa se vuelque sobre todos. Es necesario que alguien sea castigado de manera ostensible, que la ley nos proteja de cualquier ambiguedad, y especialmente de aquellas que podrían acechar en nuestro propio psiquismo. Reclamamos que el crimen sea reprimido y las ambivalencias dominadas, para que podamos administrar gozosamente su retorno a través de nuestra propia curiosidad morbosa.

Me impresiona ver que un grupo de personas corre a la torre ejecutiva para hablar con el Presidente, con el Secretario, con quien sea que esté dispuesto a prometerles que el horror no va a quedar impune. El mismo día, un grupo de parlamentarios acuden a un programa de entrevistas a reclamar no se sabe qué, a clavarse públicos puñales y confesar en coro ¡no somos inocentes! En las redes, un clamor de venganza, un ruego a los gritos: ¡que alguien pague la culpa! ¡Que el Estado nos controle y asegure la vigilancia! Que la policía entre urgente en nuestros dormitorios!

Como alguien ha dicho, el griterío suele confundir el trigo con las páginas. Las consignas acaban dominando la discusión y simplificando las cosas…mientras acumulan el dopamínico “me gusta” de las redes sociales.

Me hago una pregunta sencilla: ¿cómo es posible que nadie hubiera logrado acercar ayuda a esas personas? ¿Era tan difícil poner unos paños fríos? ¿No había en la zona alguien capaz de intervenir a tiempo y ofrecer alivio estableciendo los bordes necesarios entre el sujeto y el acto y ayudando a escandir la mezcolanza que anida casi siempre en las parejas?

¿O será que había pero nadie lo activó? ¿Cuanto pesa aqui el déficit en la oferta de dispositivos de salud mental y cuánto la aún tímida demanda por espacios de escucha?

Las discusión abierta sobre la crisis de la salud mental a nivel global y en Uruguay, suele poner énfasis en la oferta, casi siempre deficitaria, de programas y servicios (psicoterapia, psiquiatría, contención familiar y comunitaria). Pocas veces se analiza qué determina (o inhibe) la demanda, determinando así también el acceso y la respuesta.

Me viene a la memoria un comentario que alguien me hizo hace ya muchos años acerca de que “los uruguayos no van tanto al psicólogo por que resuelven sus problemas tomando mate en la rambla”. Alrrededor de ese recuerdo, toda una saga de pequeñas jactancias y excusas que a esta altura conozco lo suficiente: la garra charrúa psico-resiliente y algo que alguien ha llamado irónicamente “el método uruguayo para resolver problemas”: Paso 1: negarlo (que problema?), Paso 2: esperar unos meses (ya el problema va pareciendo menos serio….), Paso 3: despreocuparse completamente (ya casi ni es un problema!).

Siempre me ha llamado la atención que la consulta a un psicólogo o psicoanalista en Uruguay no sea solamente algo aún muy restringido sino muchas veces mal visto o mirado con recelo en Uruguay. Si comparo con lugares vecinos que conozco como Buenos Aires o Rosario, la diferencia es enorme, los uruguayos recurren en mucha menor medida a ayuda psicológica y casi siempre lo hacen cuando ya es demasiado tarde.

El lado oscuro de esta moneda no es difícil de observar: Uruguay lidera el ranking de suicidios en la región, tiene también un récord en el consumo de antidepresivos y moderadores del carácter (que se estima en 4 de cada 10 niños y niñas en edad escolar). De la mano de ésto, la (tan frecuente como sorprendentemente bien vista) opción de medicalizar e incluso institucionalizar cuando aparece una crisis de ansiedad, como si no existieran otras formas de abordaje. La sertralina gratis como política pública en 2023 [2]. La venta libre de Gloriax, un éxito en las farmacias1.

Quizás, las nuevas iniciativas de salud mental que se discuten, podrìan empezar diciendo que nadie resuelve sus problemas tomando mate en la rambla. O cuestionando esas máquinas de hacer silencio que son los antidepresivos a través de una amplia discusión que involucre críticamente a las asociaciones profesionales, a las universidades y la ciudadanía. Desnaturalizando el todobienismo ancestral que invita a barrer bajo la alfombra de la psiquiatría cualquier malestar incipiente, postergando el pedido de ayuda o lo que sea que implique movimientos o ponga en riesgo el supuesto confort.

Es necesario discutir ésto al mismo tiempo que se generan nuevas respuestas y alternativas desde el lado de la oferta, para que la asistencia profesional logre llegar a tiempo a quienes lo necesitan, acercarles la herramienta de la escucha y otros recursos terapéuticos, a ver si pueden ayudarse un poco con sus cosas y evitar que pasen a peores.


[1] https://www.elpais.com.uy/informacion/policiales/encontraron-el-cuerpo-de-andres-morosini-y-sus-dos-hijos-que-fueron-secuestrados-en-soriano

[2] https://www.elobservador.com.uy/nota/salud-mental-gobierno-presento-plan-que-incluye-medicamentos-gratis-y-promete-respuesta-historica–202362619538

[4] http://www.subrayado.com.uy/Site/noticia/57370/subrayado-investiga-abuso-de-psicofa