Entre el oscurantismo y la sobreprotección (2025)

En las últimas semanas, la publicación Es parte de la Vida ha sido cuestionada por autoridades de Costa Rica (como antes de Argentina) acusandola del disparate de “promover la masturbación” y “erotizar a los niños”. (ver https://youtu.be/K_Ms0mRC5ds?si=J3BatMJ0EURRfKxP )

La realidad es un “poquitico” otra: escribimos ese libro (2013) preocupados por estudios que demuestran el acceso casi nulo que tienen las niñas, niños y adolescentes con discapacidad a información básica que necesitan para crecer y cursar los desafíos que vienen con la adolescencia. La mayoría de sus familias se asustan y paralizan ante esos cambios, sobreprotegiéndolos, infantilizándolos y castigándoles por algo que a veces es curiosidad, a veces impulso, a veces ganas de sentir placer.

Sabemos que cuando se reprime y se manda a callar la boca a la curiosidad de los niños, se termina facilitando formas manipuladoras del trato, tanto en los hogares como en las instituciones educativas. La sobreprotección es un pasaje de ida hacia el colapso subjtivo de un sujeto. Y en consecuencia, la gran barrera que encuentran los niños y niñas con discapacidad para desarrollar autonomía y hacerse de los recursos esenciales para su vida adulta.

Ese tipo de crianza “especial” y sobreprotectora, no solo perpetúa su dependencia sino que le facilita las cosas a quienes buscan abusar de ellos. Según Naciones Unidas (2017) , las personas jóvenes con discapacidad están 2,27 veces más en riesgo de ser abusadas sexualmente. Muy especialmente las muchachas con discapacidades intelectuales y sensoriales, que reportan haber sufrido 4 veces más abusos y acoso sexual que las que no tienen una discapacidad (OMS, 2021) .

Se sabe desde hace más de cien años que el miedo a la sexualidad, así como los silencios y tabúes que creamos para negarla y reprimirla, solo terminan empeorando las cosas. Porque lo que pasa cuando un impulso se silencia o se reprime, es muy simple: el impulso retorna. Solo que retorna un poco trastocado, perturbado, condimentado a menudo por el sentimiento de culpa y el malestar que acarrea sentir algo que ha sido censurado y calificado como negativo. Ese tipo de violencia suele ensañarse y calar hondo entre quienes que perciben que no encajan en los cánones del poder y lo hegemónico.

Quienes hemos trabajado para contribuir al campo de la ESI a través de lcturas dirigidas a familias, a maestras, no lo hacemos para promover la masturbación, ni para auspiciar el erotismo o las relaciones sexuales. Es más bien al revés: hace muchos años se demostró que la educación sexual conduce a que las primeras relaciones sexuales ocurran más tarde, cuando la persona se siente preparada o preparado para tener relaciones consensuadas, deseadas y acordadas (UNFPA, 2017).

La educación sexual no es más que un medio para que los niños y adolescentes puedan satisfacer parte de su natural curiosidad… sin arriesgarse tanto. Los intentos para cancelarla y presentarla como un eje del mal (que se repiten muchos países de la región) solo se sostienen con mentiras y exageraciones sacadas de contexto.

La peripecia del amor humano, se construye siempre (siempre) un poco a tientas, en medio de dudas, sentimientos contradictorios e incertidumbre, porque no sabemos cómo o cuando vamos conseguir encontrarnos con otros y con nosotros mismos.

El oscurantismo y la sobreprotección solo hacen más vulnerables a los que menos herramientas tienen para atravesar ese desafío, exponiéndolos a más riesgos e impidiéndoles tener confianza en sus propios sentimientos y capacidades. La educación sexual es solo una herramienta para acompañar en ese camino, la tarea de criar y sostener eso que no es más que parte de la vida.