Fabiana (2021)
Cuando supe que Fabiana, mi vecina de dieciseis años, se había quedado embarazada, sentí que algo raro, incómodo y extraño al principio, había comenzado a agitarse en mí de una manera que yo no había conocido hasta entonces. Era, sobre todo al comienzo, una sensación física, una especie de pequeño y profundo temblor que empezaba entre las piernas, subía en línea recta hasta el pecho, lo puñeteaba como si fuera un bombo y avanzaba así hasta mi boca, haciéndome en ocasiones tartamudear y volviéndome, como decía mi madre, más pavo de lo que ya era.
La Fabiana se quedó embarazada, escuché que mi madre le contaba a mi padre en la cocina y sentí enseguida un reflejo extraño, una curiosidad rara y cargada con alguna forma desconocida de electricidad, como si esa frase breve, informativa apenas, estuviera también avisándome de algo que había cambiado en el mundo, a partir de ese momento.
Pero era yo, en realidad era yo lo único que había cambiado,de una manera inesperada y difícil, que solo iría comprendiendo después, a medida que el devenir de mi edad iba ganando en perspectiva y perdiendo en arrebato.
A través de esa frase, que mi madre dijo en un tono que a mí en ese momento me pareció extrañamente arrogante, porque ella era una mujer considerada, yo había recibido un mensaje. Había recibido una noticia completamente impensada, que mi madre me daba a través de algo que tenía la forma de un chisme barato y repugnante, pero que también era una información que parecía valiosa y que tuvo en mi un efecto parecido al que tiene un haz luz cuando aparece en medio de la noche y desencadena el insomnio.
Me enteraba mi madre de esa extraña manera, acerca de algo que pasaba entre las mujeres y el deseo. Me avisaba de un asunto acerca del cual yo era tremendamente ignorante hasta ese momento y era que a las mujeres también les gustaba hacer el amor y que entonces, el apetito sexual no era nada más eso que me pasaba a mí con las revistas que me había dado mi tío ni lo que alardeaban mis amigos riéndose exagerados en el patio del colegio. El sexo era a partir de ese momento un campo arado y abierto, un campo infinito y preparado para recibir a cualquiera que tuviera hambre y quisiera sembrar. Ahora eso me incumbía a mí de una manera que no quedaba clara, pero que era sin duda irreversible.
Empecé a pensar en Fabiana todos los días. Escribía su nombre en cualquier lado, repasaba las veces que la había visto, la ropaque llevaba puesta, lo que hacía ella mientras yo y su hermano, dos años más chicos, jugábamos en la galería o le tirábamos piedras a los perros subidos con gomeras al árbol que había en el final de la calle. Hacía listas, tratando de memorizar todo lo que sabía sobre Fabiana: con quienes caminaba hasta la escuela, con qué otras gurisas se juntaban en el recreo para pintarse los labios y hablar de los guardapolvos entablillados Arciel, adónde iba ella cuando nosotros nos encerrábamos para hacer como que dormíamos la siesta, qué comía Fabiana mientras su hermano y yo tomábamos la leche y le poníamos infinitas cucharadas de azúcar a los enormes panes con manteca que nos servía su madre.
Poco tiempo después, Fabiana desapareció del barrio y nadie más la nombró en voz alta durante unas cuantas semanas. Solo mi madre dijo en algún momento, yo por supuesto la escuché atentamente, dijo que Fabiana ya no vivía en su casa y mi padre aprovechó para hacer un comentario acerca de alguien que la había visto irse en auto, con un hombre. Después dijo algo más vulgar, un comentario en el que podía escucharse nítidamente la lascivia, a pesar del tono moralista que mi padre adoptaba cuando hablaba de las mujeres en general y de las hijas de los vecinos, sobre todo.
Yo me quedé escuchando desde el living, los observaba conversar, pero sobre todo a mi padre, mirándolo y ensayando como siempre hacía su sonrisa, esa sonrisa canchera que le quedó en la cara después de decir que Fabiana se había ido en auto con un hombre casado, como él. Y enseguida dijo también algo obsceno, le elogió las tetas o dijo no sé qué, algo que a mí me hizo pensar de nuevo en Fabiana de la manera que la pensaba yo en aquellos días, con una intensidad caliente y complicada para mí, una intensidad que terminaba casi siempre como con un chicotazo en la frente cada vez que oía su nombre o que pensaba en el pelo negro y lacio que le llegaba hasta el final de las camisas.
No volvimos a verla por unas cuantas semanas. Una de esas tardes, fui a su casa y vi que habían vaciado su habitación. Habían corrido la cama abajo de la ventana y le habían puesto encima una montaña de almohadones forrados con croché. Ahora podía verse,en el que era el cuarto de Fabiana, el mismo piso de baldosas con figuras geométricas que continuaba hasta el comedor. Un piso de baldosas con formas raras, a mí siempre me había parecido que esas baldosas eran como si hubieran venido de otro planeta, como si fueran cosas dejadas allí por los extraterrestres, porque estaban pintadas con colores insólitos, colores raros, forasteros, que yo hallaba imposibles de definir o de relacionar con el color de las baldosas ordinarias que conocíamos nosotros en el pueblo.
El piso de su cuarto había quedado desnudo como ella, yo la imaginaba a Fabiana desnuda o desnudándose, llena de ganas y de apuro, en el auto de ese hombre con el que se había ido. Desnuda para él, en la barranca adonde iban con sus autos los infieles del pueblo, en una calle oscura que terminaba en los silos viejos y a la que todos conocíamos como villa cariño.
Mas o menos en esa época que dejamos de ver y de nombrar a Fabiana en el barrio, se murió Perón. Se murió de tarde, mi padre nos dijo a todos que fuéramos a ver el informativo y se burló de Isabelita que lloraba mientras leía el discurso y le decía al pueblo que Perón se había muerto. Mi padre se burlaba de ella y yo creo que ese día lo disfrutó doblemente. Por la muerte de Perón,porque mi padre era gorila, y por el llanto de Isabelita que lo alegraba de esa manera sincera, imposible de disimular completamente, con que se alegran los hombres cuando ven llorar a las mujeres o a los maricas.
Isabelita lloraba desolada frente a la cámara, pero a mí me pareció que era Fabiana, la voz rota, la respiración desconsolada. Era Isabelita llorando en el televisor, pero también Fabiana a la que se le chorreaba el rímel de los ojos, mamarracheandole la cara como si fuera un grafiti. Como si su cara entera fuera de pronto una pared vacía,en la que los Montoneros hubieran escrito de una manera apurada, inverosímil, Perón Vive, Perón Vive, Isabel Conducción.
Me acerqué y me alejé varias veces del televisor. Mi madre me dijo que me quedara quieto, pero yo quería estar seguro, quería ver bien si era Isabel o era Fabiana la que estaba llorando. Quería mirarla y entender lo que el rímel y las lágrimas iban escribiendo lentamente en su cara. Un jeroglífico quizás, un mensaje dirigido a mí, algo que yo finalmente lograría descifrar y que decía algo así como las mujeres lo que quieren es amar. Las mujeres lo que quieren es amar y también que no se le vayan los maridos. Que se queden los hombres, aunque sea para burlarse de ellas, aunque estén buscando siempre la forma de engañarlas y humillarlas, que no se mueran, que se queden como sea los hombres, aunque no sirvan. Que vengan en auto si es posible, como el hombre que se la llevó a Fabiana y que después la trajo embarazada. Que vengan de traje y que sonrían, que sonrían siempre, como Perón, como mi padre, como yo ahora.
