Hacer llorar (2013)

Está llorando. Las lágrimas ruedan copiosas y le empapan la cara alrededor de los ojos, aceleran después por un instante cuando están cerca de la nariz, pero se estancan luego durante un buen rato en las mejillas.

La piel se le pone aún más rosada cuando llora; observo el brillo que le aparece en los pómulos, extraño y luminoso. Cada vez que cierra los ojos, apretándolos en pequeños estallidos de desconsuelo, las lágrimas rebalsan el dique de los párpados y se precipitan en una correntada vertical y abrupta por los costados del cuello. Ahí, pienso que es aún más sufrida, menos linda.

En pocos segundos, unos mechones de pelo comienzan a humedecerse con las lágrimas, a enrularse como tirabuzones, haciéndome pensar en unas barbas de maíz que bajan deschaladas y torcidas hasta cerca de los hombros. Algunas de esas mechas se pegan a la piel en el contorno de la cara, mientras la miro a una distancia que encuentro imposible de disminuir.

Podría acariciar su frente con el dorso de mi mano o con la punta de mis dedos, correr el pelo húmedo de encima de las cejas y amontonarlo prolijo junto al dobladillo de la chomba. Pero imagino todo eso y no hago nada. Estoy una vez más sentado frente a su llanto, mudo, pensando si debería decir algo o hacer algo que detenga las lágrimas que, a sorbos, traga desconsolada. Pero no se me ocurre qué decir: yo no vi a nadie nunca antes llorar de esa manera, sin decir palabras, como un amor que solo entregado al llanto fuera capaz de amar.

Me pregunto si disfruta algo del sabor salado y fresco de las lágrimas, porque veo en un instante la lengua aparecer por el extremo de la comisura y capturar velozmente una gota que estaba a punto de caer.

El tiempo parece detenido y yo lo mismo. Inmóvil frente a ella, ausente de sus sentimientos y de su llanto que ahora corre a chorros.

Por un instante, quiero saber si ese llanto vino con ella o desde cuándo, si comenzó por algo que yo hice o que dejé de hacer. Pero enseguida me distraigo, miro el viento jugar con las cortinas y entreverarlas en una ráfaga que parece de otro día. Quiero ausentarme de allí lo antes posible, miro los figurines labrados en las hebillas de su pelo, recuerdo una canción que me gustaba hasta hace poco, viajo solo a un tiempo lejano, en el que ya no están sus lágrimas ni su voz quebrada entrecortando la respiración.

Ya es tarde, creo, para que algo mío la consuele.