Menos Sexo

Por Darian Leader, Psicoanalista, Escritor[1]

Las estadísticas recientes, que indican que los franceses tienen menos relaciones sexuales hoy en día que hace unos veinte años, han llevado a sugerir un declive general en el comportamiento sexual de las personas. Nos dicen que los adolescentes también están menos propensos a tener sexo de lo que estaban antes, y que han surgido una serie de nuevas etiquetas para designar a quienes que prefieren evitar los aspectos más físicos del sexo: “Asexuales”, “Autosexuales”, “Nometoques”, “Sin-egosexuales”, y otros.

¿Acaso las cifras y las ramificaciones de los nuevos términos indican un cambio en nuestras actitudes hacia el sexo? ¿O, por el contrario, simplemente hacen visibles ansiedades y miedos que han sido parte de nuestra relación con la sexualidad desde siempre?

Las encuestas no siempre son confiables y el sexo probablemente sea uno de los ámbitos de la actividad humana adonde las personas más tienden a mentir, exagerar o simplemente expresar su deseo en la respuesta. A finales de la década de 1940, Kinsey encontró que la duración promedio del sexo genital fue poco menos que dos minutos. Sin embargo, en la amplia encuesta de Morton y Bernice Hunt de 1973, esto se había convertido en doce minutos, sin incluir los juegos previos. Datos más recientes retroceden la cuenta del reloj a menos de cinco minutos. Así que o bien debemos hipotetizar un cambio biológico extraño e histórico en la especie humana a principios de los años 70 o, más probablemente, ver en esas cifras infladas un reflejo de cierto énfasis social (característico de aquellos años) en el desempeño y en la evaluación de las personas. La forma en que respondemos a las preguntas sobre el sexo está moldeada por fuerzas sociales y no solo por lo que cada uno piensa o siente individualmente.

Las estadísticas sobre la frecuencia real del sexo encuentran siempre los mismos problemas. Hay, además, variaciones culturales y geográficas marcadas. Sin embargo, algo que se repite una y otra vez es la sorpresa de los investigadores en cuanto a lo siguiente: el sexo ocurre con menos frecuencia de lo que nos gustaría creer.Comenzando con Kinsey en la década de 1940, y pasando por la década de 1970 hasta mediados de la década de 1990, las encuestas indefectiblemente muestran que las personas están teniendo mucho menos sexo de lo que se esperaba. Las historias en los medios de comunicación reflejan las mismas reacciones desconcertadas: ¿las personas están teniendo menos sexo? ¿Ha cambiado nuestra cultura? ¿Qué podría explicar este persistente desencanto?

El punto más obvio aquí es que lo que muestran las encuestas no es que            los hábitos sexuales hayan cambiado, sino que nuestras expectativas sobre estos hábitos permanecen inalterables. El sexo es algo que pensamos que está sucediendo todo el tiempo, y cuando descubrimos que no es así, asumimos que algo debe estar mal en lugar de simplemente reconocer que, bueno, no es una cosa que pase tan seguido.

Por supuesto, la cultura refuerza estas creencias. Los programas de televisión, las películas y la pornografía muestran a las personas teniendo sexo continuamente, o al final de una aventura o en una búsqueda amorosa. Mientras la televisión y las películas tienden a centrarse en los obstáculos que deben superarse para finalmente tener sexo, la pornografía elimina los obstáculos y se enfoca exclusivamente en los actos.La pornografía es en este sentido muy similar a los estudios científicos sobre el sexo, donde los vínculos humanos se descartan e ignoran.

Las personas no rechazan el sexo debido a compromisos o lealtades anteriores, de la misma manera que aquellos que no desean tener sexo serán excluidos en los experimentos científicos. El sexo se convierte en una simple operación en las superficies convexas y cóncavas del cuerpo humano. Todos lo están haciendo, nadie dice “No”, o “No Ahora”.

En la vida real, por supuesto, las personas dicen “no” o “no ahora” todo el tiempo, sin embargo, esto quizás no siempre sea un mero rechazo de la sexualidad. Como la Iglesia ha sabido durante siglos, la renuncia a los placeres carnales puede ser en sí misma un placer carnal, y el vacío creado por el sacrificio y la negativa puede ofrecer su propia forma de satisfacción sexual. Los escritos de los místicos son bastante claros al respecto.

En cuanto al deseo, en general prefiere no ser satisfecho. La tensión, el hambre y el esfuerzo que genera constituyen una forma de satisfacción, como Freud y posteriormente los psicoanalistas reconocieron. Los esfuerzos hacia nuestro objeto de deseo ocupan una gran parte de la energía humana, y si alguna vez logramos alcanzarlo, podemos sentir decepción y una sensación de pérdida. Los atletas que rompen un récord o los que se ganan la lotería, a menudo se deprimen. Después de alcanzar el objetivo, las personas se quedan sin objetivo.

Pero ¿por qué el sexo mismo se identifica tan frecuentemente con un – o con EL – objetivo humano universal? ¿Por qué el sexo parece ser para tantos el principal logro y propósito último de lo humano, la actividad más significativa de todas?

Una respuesta obvia invoca la experiencia infantil. El sexo es algo que los niños no pueden hacer: algo que queda reservado para los adultos, al igual que toda una serie de sensaciones y prácticas corporales que se sancionan como prohibidas. Los niños aprenden desde temprano a no tocar ciertas partes de su cuerpo, a no hablar de ellas e incluso a no pensar en ellas. Tener un cuerpo significa saber qué partes de él están vedadas. Y lo que está vedado tiende a ser algo que realmente nos interesa.

La sexualidad es este espacio contradictorio y desigual donde sentimos el juicio de nuestros padres y cuidadores incluso antes de que podamos entender exactamente de qué se trata ese juicio. Si se alejan las manos de un niño de sus genitales, registrará la respuesta negativa pero no sabrá por qué se ha provocado. La sexualidad emerge así junto con la culpa, en esta atmósfera de censura, de juicios negativos e incomprensión.

A esto se añade el hecho de que a medida que crecemos, debemos renunciar a la proximidad corporal que tal vez hayamos inicialmente disfrutado con nuestros cuidadores. Ya no nos sostendrán, nos acariciarán o nos consolarán como antes. El dolor generado por esta pérdida es difícil de cuantificar. El contacto sensible y el amor suelen soldarse juntos aquí, creando una suerte de falsa ecuación: buscamos el amor a través del contacto físico, como si la dimensión física del sexo nos permitiera acceder al amor que alguna vez tuvimos a nuestra disposición.

El sexo se convierte así en una especie de recordatorio del amor, y esa es una de las razones por las que a menudo va seguido por la decepción, la ira y una sensación de pérdida, así como en otros momentos, de un sentimiento de enorme gratitud e intimidad. Representa todo lo que alguna vez tuvimos y hemos perdido.

La forma en que nuestro erotismo se forja a través de esa combinación entre censura y culpa, ilumina tanto lo que sucede en el sexo como el por qué podríamos querer alejarnos de él.

Si bien alguna vez se creyó que las personas tienen fantasías sexuales para compensar la falta de sexo real, se pudo reconocer ampliamente en la década de 1970, que casi todas las personas tienen fantasías durante el sexo, tanto para generar como para mantener la excitación. Estas fantasías a menudo involucran escenarios de coerción y sumisión forzada, incluso si la persona tiene poco interés en llevar a cabo tales escenas en la vida real. Pero entonces, ¿por qué las fantasías?

En el terreno de la fantasía, ser forzado a tener sexo, permite de alguna manera salir del callejón sin salida de la culpa. Si la responsabilidad recae enteramente del lado de un agresor, el placer puede separarse de la culpa: ‘no fue mi elección, yo no quería’. En su famosa encuesta sobre fantasías sexuales, Nancy Friday observó con qué frecuencia se producían relatos como ‘luego tuve que…’ o ‘me obligó a…’, como tratando de eliminar o distanciarse de una sensación culposa.

Esto también ayuda a explicar otra fantasía igualmente común, la de una tercera persona. A menudo se fantasea que el compañero sexual en la cama es otra persona, quizás para encender un deseo en peligro de extinguirse por la familiaridad. Pero en realidad, es igual de común imaginarse a uno mismo como otra persona. Si somos otra persona, después de todo, no necesitamos sentirnos responsables por lo que hacemos, sentimos o deseamos. Imaginarse a uno mismo como una prostituta o un bailarín erótico permite la misma separación: ‘solo estoy haciendo mi trabajo’. Incluso cuando los niños juegan a juegos sexuales, introducen roles sociales para eliminar la responsabilidad: ‘Tú sé el médico y yo seré el paciente’.

Esta división de uno mismo (o de la pareja) es de hecho tan frecuente que incluso hay chistes al respecto. Una pareja está en la cama, uno se da vuelta hacia el otro y dice ‘¿Quieres hacer el amor?’, para recibir la respuesta: ‘No, disculpas, estoy demasiado cansado para ponerme ahora a pensar en otras personas’.

El esfuerzo por separar la responsabilidad del placer ciertamente puede tomar otro camino y llevarnos a evitar el sexo por completo. El romance y el amor tienen sus encantos, y son además considerados aceptables por la sociedad, por lo que muchas personas prefieren detenerse ahí. Las consecuencias sexuales del amor quedan sin explorar, y a menudo por buenas razones.

Cuando nos hablan por primera vez acerca del sexo en la infancia, la curiosidad suele entreverarse con el horror y el pánico. ¿Puede realmente un cuerpo caber adentro de otro? ¿Cómo es eso posible? ¿No causa daño? ¿Cómo puede alguien encontrar eso placentero!? ¿Cómo sobreviven las personas al sexo?

Estas ansiedades tempranas gradualmente comienzan a tratarse a partir de los distintos guiones que trasmiten las familias, los pares y la sociedad. Se nos dice qué hacer y cuándo y con quién hacerlo. Así aprendemos lo que se espera de nosotros, con todos los prejuicios y estereotipos de género que esto suele implicar.

El inmenso sentimiento de alivio que las personas sienten después del sexo puede reflejar este proceso: ¡hemos sobrevivido! ¡Se ha evitado un terrible desastre! Nótese por ejemplo que las palabras utilizadas durante siglos para describir el sexo también se refieren a engañar o evadir: transar, joder, curtir. ¡Hemos tenido éxito! ¡Hemos engañado al destino!

Dado este catálogo de terrores que implica el sexo, evitarlo es perfectamente lógico y razonable. Lo que el surgimiento de nuevas etiquetas para nombrar esta evitación hace, es convertir la abstinencia sexual en parte de un nuevo guion cultural. Hace que las ansiedades tempranas que vienen con lo sexual queden apartadas de nuestro comportamiento y no entren en conflicto: no tenemos que hacer nada, y de pronto eso está bien.

Podría objetarse que no tener sexo es simplemente una elección, no basada en ningún miedo ni ansiedad subyacente. A un nivel esto -por supuesto- puede ser cierto. Quizás todas las orientaciones sexuales se basen en el miedo, incluso si no somos conscientes de ello. Tener mucho sexo o tener poco o ninguno pueden ser formas diferentes de tratar la misma ansiedad. La curiosidad, la fascinación y a veces el odio y la hostilidad abierta que producen diferentes comportamientos sexuales dan testimonio de eso.

Deberíamos dar la bienvenida a los nuevos términos y a su multiplicación, ya que pueden ayudar a des-estigmatizar modos alternativos de sexualidad y fomentar un sentido de reconocimiento y aceptación. Cuanto más se nombren y validen las diferentes posibilidades, las normas heterosexuales tradicionales podrán perder algo de su poder monopólico.

El riesgo, por supuesto, es que estas nuevas etiquetas se vuelvan otra mercancías, re-edificadas de manera que puedan luego convertirse en normas que uno podría no cumplir, como ha sido el caso de otros mandatos históricos, con demasiada frecuencia. Por ahora, el simple ritmo de proliferación de estas etiquetas trabaja en contra de eso. ¡Que se continúen multiplicando!


[1] Publicado e The Kureishi Chronicles,  https://open.substack.com/pub/hanifkureishi/p/less-sex?r=222qv4&utm_medium=ios  Traducción: Sergio Meresman