Mudanza (2014)
Agosto en Buenos Aires siempre había sido para mi como era esa tarde: interminable, silencioso, vacío. Sin nada para hacer y sin ganas de hacer nada.
Habíamos dejado que el día pase casi sin hablarnos. A mis hermanos ya casi nada les interesaba de mi vida y yo estaba ya, desde hacía rato, harto de mis hermanos y de sus vidas. Todo el mundo está harto de sus hermanos, pero nosotros ya no teníamos cómo disimularlo.
El flete vino a las tres y le llevó casi dos horas cargar todos los muebles. Primero, los amontonaron en la vereda, para entretenimiento de las vecinas. Luego, con gran griterío los subieron a la chata: una pila de cachivaches que rebalsaba por los costados y por el borde del cajón.
La baranda de la camioneta estaba pintada con los colores de Boca, pensé que mi padre hubiera estado furioso. En las puertas, con una letra recta y sin pretención alguna se leía “Flete Las Constelaciones” y abajo más ridículo aún: “Logística de Mudanzas”.
Antes que los hombres se subieran al flete y arrancaran lentamente, ví a mi hermano agarrar el fajo de billetes que pagaba los muebles, contarlos y hundirlos con un solo movimiento en el bolsillo de su pantalón. Yo lo que más necesitaba era la plata y lo que menos quería era esa plata.
La casa de mis padres había quedado por fin vacía. El silencio fué estruendoso al volver de la vereda y ver a mis hermanos en medio de las habitaciones despojadas, sin nada.
Sentí de golpe un olor a carne que venía de una carnicería al lado de la casa. Yo le había dicho una vez a mi hermana, como para inquietarla le había dicho con una vocecita misteriosa, que ese olor venía “de adentro de cada uno”.
Seguimos así tal vez unos minutos más sin decir nada, antes que mi hermano arrastrara hasta el medio del comedor una caja de carton y madera en la que estaban los últimos trofeos familiares que quedaban para repartir. Lo hizo suavemente, como si se tratara de un delicado y valioso tesoro, aunque él sabía bien que allí no había nada que pudiera ni mínimamente mejorarnos lo que quedaba del día.
Sentí frío, un frío intensamente hueco y seco que me hizo abrazarme y frotarme con las manos los antebrazos. Un poco lo hice, creo yo, para entrar en calor y otro poco para disminuir el pavor y el desamparo que sentía.
En la caja mi cuñada había puesto con cuidadosos dobleces (puedo imaginar sus manos pálidas y pulcras) unos pañuelos coloridos de mi madre que aún guardaban un poco de su olor y dos o tres manteles medio rotos, percudidos, que habían sido de mi abuela y hacía ya un buen rato que estaban fuera de servicio. Abajo de esos trapos, estaba la pequeña colección de “miniaturas de murano” que mi madre había recibido de su madre y gustaba exibir ante nosotros con gran pompa. Me quedé mirado quieto las pequeñas figuras de vidrio, dándome cuenta que en la caja había solo cosas de mujeres, como si los hombres de mi familia (“los boludos de los hombres”, solía repetir mi Tía) hubieran sido incapaces de dejar el menor rastro tangible de su presencia en la tierra.
En el fondo de la caja apareció la pulsera y enseguida dije a todos que eso era lo que yo quería. No sé qué le había visto yo, el pulso era justamente algo que casi no sentía. Aclaré la voz apenas y dije como si fuera gracioso que la pulsera bailando alrrededor de mi muñeca me recordaría cada tanto el movimiento.
Nadie estuvo en contra. Mi hermana contó que ese brazalete había estado perdido muchos años y que nadie sabía cómo había vuelto a aparecer, enmohecido y con algunas cuentas menos. A mi me causó gracia la palabra brazalete y la repetí en un susurro tratando de escapar de la tristeza. “Brazalete”. El olor del bronce y el perfume funcionaron un poco como narcóticos. Dejé que esas joyas de mi abuela me rozaran la piel como cuando era chico, y propiciaran por primera vez en el día la demolición de ese edificio de dolor que tenía en el estómago.
