Todos somos hijos: Mallko y papá en el corazón de la función paterna

Todos somos hijos. Se trata de una condición universal, sin escapatoria, que cada quien atraviesa como puede  y que cuando es narrada (sea con palabras o con hechos) deja ver sus efectos siempre diversos y casi siempre, problemáticos.

Ser padre en cambio, implica una experiencia de la que es posible ausentarse. Algo que muchos hombres de hecho hacen, tanto antes como después de tener hijos. El padre es siempre in cierto. Ausentarse de la experiencia, no implica necesariamente abandonar la función paterna. Por eso, la figura del padre encierra a menudo la forma de una mitología o un cuento. La imagen de un gigante, de un rey, de un tirano miserable, expresada a menudo en forma de relatos breves o  como en este caso a través de los trazos coloridos y dispersos de unas crayolas.

Por causa de esa misma imagen inicial, engrandecida y poderosa, el padre casi siempre decepciona. Por una cosa o por otra, el cuento acaba en desilusión y a veces peor aún, en ridículo. Los psicoanalistas estamos  acostumbrados a escuchar decir que el padre es siempre un poco menos del que las personas hubieran querido tener en su historia infantil.

¿Pero qué pasa cuando es un hijo el que defrauda? ¿Qué pasa cuando es el padre el que es tomado por sorpresa, sus ideales abofeteados, embromados, en el momento inicial de su periplo?

El más recientemente publicado No somos Angelitos! y el anterior Mallko y papá (Océano), nos plantean el problema justamente desde ese ángulo: “A veces con los hijos, pasa como con los dibujos: no te salen como los habías imaginado”.

Conocí a Gusti a través de amigos en común y casi de inmediato nos reconocimos como viejos amigos. A través del tiempo, fui encontrando y aprendiendo de la extraordinaria honestidad con que es capaz de trasmitir a través del arte lo que representa la llegada de Mallko (un niño con síndrome de down) a su vida: “Cuando Mallko nació, atacó mi castillo con todas sus fuerzas, con todo su ejército. No lo acepté. NO LO ACEPTÉ”.

Es que la llegada de un niño con discapacidad a una familia suele poner a prueba a los adultos, desafiando su integridad emocional, los vínculos familiares, los proyectos y prioridades de todos.

Aparecen sentimientos de dolor, culpa, desolación, ira. Una gran melancolía por la “pérdida” de los ideales relacionados con el niño y dificultades para construir relaciones de afecto. A menudo esta experiencia genera rupturas y abandonos familiares.

Para muchos niños y niñas con  discapacidad, la crianza está teñida por expectativas tan bajas que es como si uno pensara un “currículum vitae invertido”: una lista de las cosas que el niño nunca logrará: “Nunca será presidente. Ni jugador de fútbol.. Ni paracaidista. Nunca podrá conducir un autobús”, nos dice Theo, el hermano mayor de Mallko.

La angustia en esa etapa es normal, pero dramatizar, paralizarse, es la peor alternativa. Muchas veces, las familias que pasan por esa prueba emergen fortalecidas. En este caso, los protagonistas lograrán sobrevivir y re descubrirse a través de un sendero de enorme belleza narrativa y plástica.

Resultado de imagen para no somos angelitos“Mallko y papá” propone una mirada que desdramatiza la experiencia de la discapacidad a través de un código vital, que el autor localiza mientras viaja por los caminos del arte, la alegría, el humor.

“No somos angelitos” busca llegar aún más lejos: des-banalizar la sensiblería dominante(“son estrellas en el cielo”, “un regalo muy especial”) y colocar la sensibilidad donde es debido. La diferencia humana, incluso si es de solo un cromosoma, implica siempre una pregunta. Y con ella una tremenda, maravillosa inquietud.

En ambos libros, el autor trasmite la lección que recibe como padre a través de su hijo: hay muchas formas de estar en el mundo. Y en cada una de ellas su hermosura, y su temblor.