Escritura y Transparencia (sobre el nuevo libro de Ana Arjona)
Igual que en su primer libro (Como puertas en los muros, Yaugurú 2018) , Ana María Arjona narra en “En el pretil del cielo” una historia que es la suya, mientras nos invita a recorrer un tiempo y un paisaje en el que fácilmente nos recordamos y reconocemos a nosotros mismos.
Hay una continuidad en la historia de los protagonistas: la de su incertidumbre, su fragilidad y la de su empeño humano y amoroso, que va del insilio al exilio.
La historia comienza en el mismo lugar en el que había sido dejada: la partida de un avión. El tiempo queda así partido, la historia abre sus alas y se reinicia como hacen las historias de la gente común: rupturas, repeticiones, encuentros mas o menos fugaces, desencuentros mas o menos definitivos.
Ana Arjona nos propone en este nuevo libro un trabajo que es a la vez delicado y profundo alrededor de su memoria. La aguja del recuerdo hilvana los retazos y cose así el abrigo.
Ya en el prólogo se nos advierte que los recuerdos “permiten vivir dos veces” las cosas, como si no alcanzara con una y fuera necesario re-cordar, “hacer pasar” lo vivido por lugares adonde no solo actúa la memoria, encordarlos al orden de las emociones. Los capítulos del libro encadenan la historia a los lugares donde ocurre y también a la esperanza que tienen los protagonistas de llegar a un lugar futuro. Hay una memoria que es personal y familiar, a la vez que alude a la memoria de un tiempo, de un período social y político en el Uruguay y se sostiene entonces como parte de un ejercicio de memoria colectiva.
Lacan dice algo así como que “la memoria es aquello que no funciona”, subrayando que justamente por fallar, nos permite construir el relato, la novela de cada uno. En un artículo que leí en estos días, Irene Vallejo hace referencia a una posible “solución” tecnológica al asunto de la memoria a través de una especie de aplicación que permitiría registrar todo el curso de una vida haciendo, como una cámara personal, la captura continua de una vida entera. Esto permitiría, ante cualquier controversia, recurrir a un registro literal, objetivo y resolver de esa manera algunas desavenencias y controversias (especialmente frecuentes en la memoria de lo familiar) a través de una forma de memoria absolutamente incontrastable.
Sin embargo, dice Vallejo que disponer de un registro tan exhaustivo e inapelable no es sin algunos inconvenientes. Al mirarnos a través del ojo impasible de esa videocámara nos tocaría afrontar algunos descubrimientos inquietantes acerca de nosotros mismos, descubrir que casi nada ha ocurrido como lo recordamos y commprobar que casi siempre las cosas han sido un poco peores de lo que hemos guardado en la memoria.
Esto es por un lado similar a lo que mencionaba antes: una de las principales tareas de la memoria parece ser justamente la de filtrar, negar, sesgar y “elegir” qué olvidar… para suavizar la dureza del pasado y que podamos seguir adelante.
En la escritura de Ana Arjona la memoria alcanza una rara forma de transparencia. Me recuerda a la percepción que tenemos de los peces a través del agua en un estanque, o el jardín que observamos por medio de un crisal levemente alterado. Esta modulación que trae la escritura a lo vivido, trastoca las opacidades y las ilumina con una luz que viene desde adentro mismo de la mirada. Se transparentan así, quizás, bellezas y dolores un poco perdidos, traspapelados, transparentados en el cielo de los recuerdos.
Montevideo, Septiembre 2025

